25N: La fuerza de un gesto colectivo
- Desierto digital
- 28 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Columna de Opinión | Wendy Briceño
Fuente | El Sol De Hermosillo

Cada 25 de noviembre el mundo recuerda algo que sigue siendo necesario repetir, aunque parezca una obviedad: la violencia contra las mujeres no es un fenómeno natural, ni inevitable, ni privado. Es una violación sistemática de derechos humanos que exige respuestas colectivas.
Es comprensible que en un ambiente cínico de la posverdad, de activismo fugaz en las redes sociales, de posturas más performativas que profundas en el mundo digital, este día se empañe como un gesto superficial, “de moda” o incluso hipócrita. Sin embargo, la historia del 25N demuestra que nació y sigue sosteniéndose desde el activismo feminista más profundo: aquel que entiende la memoria, la denuncia y la acción colectiva como herramientas para transformar la realidad.

El origen de esta conmemoración se remonta a 1960, cuando las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal fueron torturadas y asesinadas por la dictadura de Trujillo en República Dominicana. Su valentía y su lucha política se convirtieron en un símbolo internacional contra la violencia patriarcal y la represión de estados autoritarios y antidemocráticos. Décadas más tarde, en 1981, el movimiento feminista latinoamericano instituyó oficialmente el 25 de noviembre para recordar y también como un día de denuncia. Y en 1999, tras años de activismo sostenido, la ONU lo reconoció como el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Lo que hoy parece institucional o incluso moda, comenzó siendo resistencia y debemos persistir en ella.

Dentro de las diversas formas de conmemorar esta fecha, es importante subrayar que las transformaciones sociales no se producen únicamente en las leyes, sino también en los imaginarios. Las campañas globales, como el 25N o los 16 Días de Activismo, funcionan como rituales políticos para detener la normalización de la violencia y nos obligan a mirar lo que tantas veces se esconde en los hogares, en ámbitos laborales, escolares e institucionales. No se trata de un color ni de un hashtag: se trata de abrir conversaciones aunque sean incómodas, construir memoria colectiva y establecer un reclamo político que exige continuidad.
Además, estas campañas han demostrado ser eficaces. Gracias a décadas de activismo feminista se han modificado legislaciones, se han tipificado delitos, se han creado protocolos de atención y se ha entendido que la violencia de género no es un asunto privado, sino un problema estructural que afecta a toda la sociedad. Sin ese trabajo persistente, no tendríamos leyes de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia, no existirían órdenes de protección, ni centros de justicia, ni políticas públicas orientadas a los derechos de las mujeres. Todo eso es resultado del movimiento amplio de mujeres, no de la voluntad espontánea del Estado.
El propio lenguaje es un campo de batalla en el que también hemos avanzado. El uso de términos como feminicidio, violencia obstetral, violencia simbólica o violencia vicaria no surgió de las academias, sino del activismo y de las colectivas feministas que necesitaban nombrar lo que vivían. Nombrar es politizar; y politizar es transformar. Estas campañas globales han contribuido a que ese lenguaje se vuelva común en los medios, en la educación, en los espacios legislativos y en la conversación cotidiana. Hoy es posible hablar de estas violencias porque antes decidimos nombrarlas juntas.
Quienes hemos transitado tanto el activismo como la labor legislativa sabemos que ninguna ley se escribe en el vacío. Las reformas más importantes han surgido cuando miles de mujeres luchan por sus derechos, cuando las colectivas presionan, cuando las familias se organizan y cuando la sociedad, al menos por un día, coloca el tema en el centro. El 25N es una plataforma que amplifica esas voces.

Por eso activar, nombrar, revestir portadas en nuestras redes sociales, así como organizar conversatorios, círculos de reflexión o lectura, compartir historias no es un acto simbólico menor: es parte de una estrategia de concientización y transformación social. Las políticas públicas no se sostienen sin una ciudadanía que coloque sus exigencias sobre la mesa; la memoria no se construye sola. La violencia contra las mujeres es profunda, y requiere respuestas profundas y visibles.
En México, reconocemos el compromiso de la primera presidenta de nuestro país, Claudia Sheinbaum, con una agenda congruente a favor de las niñas, las jóvenes y las mujeres. Ese trabajo y el de miles de mujeres, colectivas, organizaciones, nos recuerdan que el 25N no es un gesto vacío. Es un recordatorio de que el cambio es posible cuando se hace juntas. Que la violencia de ninguna manera es destino. Exigir una vida libre de violencia, exigir que desde el poder no se proteja a violentadores, no son peticiones negociables: son derechos. Y que el mundo se pinte del color de la dignidad, la dignidad de vivir libres de violencias: nunca más sin nosotras.




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