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Más allá de la política / Por qué el mundo necesita cada vez más girar a la izquierda

  • Desierto digital
  • 11 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Columna de Opinión | Wendy Briceño

Fuente | El Sol de Hermosillo


Confieso que yo he sido de las personas que pensamos que las redes sociales democratizan la vida ciudadana. Sin embargo, también advierto los enormes riesgos de estos tiempos marcados por liderazgos que hacen estrategias basadas en ruido y que usan el miedo como programa político.


Por eso creo que defender los valores profundos de la izquierda no es un gesto de apego partidista, de identificación con colores y siglas, sino un acto de responsabilidad histórica. La expansión de discursos performáticos, antiderechos y abiertamente reaccionarios, que operan tanto en el espacio institucional como en el vasto territorio de la desinformación digital, ha desplazado la política hacia una especie de espectáculo permanente.


Pero la política no es espectáculo: es la forma en que decidimos convivir, distribuir el poder para lograr el mayor equilibrio posible, cuidar lo común. Frente a esta deriva, la izquierda tiene una tarea que no admite evasiones: afirmar que otro mundo sigue siendo posible, y que su construcción requiere de convicción ética, pensamiento crítico y una profunda lealtad a la dignidad humana.


En mi caminar desde la participación política, he podido constatar que la izquierda no puede sostenerse solo en victorias electorales o símbolos. Una izquierda sólida necesita autocrítica, revisar sus contradicciones, asumir sus errores y escucharlos como advertencias, no como amenazas.


También en este caminar puedo asegurar que una izquierda profunda todavía importa y, no sólo eso: también urge afianzarla. Porque, mientras la ultraderecha y los discursos performáticos convierten el sufrimiento, el miedo y las injusticias en espectáculo (donde el “clic”, el “like”, la “viralidad” o la “simpatía” reemplazan la empatía, el sentido colectivo y la dignidad), la izquierda recoge la materialidad de la vida: derechos, cuerpos, territorios, memorias. Esa banalización del mal (en términos de Hanna Arendt, la política espectáculo donde todo es utilitarismo, donde incluso el dolor, la tragedia, las heridas sociales se convierten en instrumento mediático) exige una respuesta ética: firme, colectiva, generosa.


Parafraseando la idea de que “el mal triunfa cuando los buenos permanecen callados”, debemos recuperar una izquierda que no tema el conflicto, la diferencia, el debate. Una izquierda que reconozca que las tensiones internas no son traiciones, sino signos de vida.


Y lo cierto es que esa izquierda, cuando se practica con seriedad, puede concretar transformaciones reales: por ejemplo, en América Latina, numerosos estudios muestran que los gobiernos de signo progresista han logrado reducciones significativas de pobreza y desigualdad (datos de INEGI).


Caso paradigmáticos son los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, de Andres Manuel López Obrador y Claudia Sheimbaum en México: durante sus mandatos la pobreza por ingresos se redujo.


Estos logros no fueron posibles por carisma o discurso, sino por políticas concretas: hablar de programas sociales como derechos. Ese tipo de transformaciones muestran lo que una izquierda comprometida puede lograr: dignidad material, igualdad, oportunidades reales. Y al mismo tiempo, esos ejemplos nos recuerdan que el éxito depende de mantener un vínculo vivo con las bases, de cuidar la deliberación interna, de resistir la simplificación del conflicto en fórmulas mediáticas.


Cuando la política se vuelve espectáculo, se banaliza el sufrimiento, se normaliza la muerte simbólica de derechos, se convierte la ciudadanía en un producto de consumo. La lógica mercantilista promueve una vulnerabilidad creciente de los derechos: derechos humanos, derechos sociales, derechos de género, derechos de diversidad, derechos de los pueblos originarios, derechos a la ciudad. Una ultraderecha que se alimenta de ese show descuida la sustancia.


La banalización del mal (ese fenómeno donde la crueldad, la exclusión, la desigualdad aparecen como inevitables, como rutina, como entretenimiento) no es accidente: es estructura. Y la estructura debe ser combatida con otra estructura: una estructura política, cultural, social, de solidaridad, comunidad, memoria.


Por eso reivindico la izquierda que no tema a la complejidad, que no huya de la diversidad. Esta izquierda debe convocar, debe traducir la esperanza en derechos concretos. Una izquierda que nace desde abajo y mira hacia adelante, pues es la única capaz de salvarnos del cinismo que amenaza con devorarlo todo.

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