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𝗠á𝘀 𝗮𝗹𝗹á 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗽𝗼𝗹í𝘁𝗶𝗰𝗮 / 𝗘𝗹 𝗱𝗲𝗿𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗺𝘂𝗷𝗲𝗿𝗲𝘀 𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗲𝘀 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝟮𝟱𝗡

  • Desierto digital
  • 4 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Columna de Opinión | Wendy Briceño Zuloaga

Fuente | El Sol De Hermosillo

Las estructuras dominantes en una ciudad establecen qué vidas valen, qué cuerpos importan y quiénes pueden habitar el espacio público sin miedo dentro de las ciudades, sus calles y sus dinámicas cotidianas. Es en ese territorio inmediato (el barrio, el transporte, el parque, las banquetas) donde se disputa una geopolítica propia: la geopolítica de lo local. Aquí, el poder no se mide por una cartografía, sino por límites invisibles hechos de desigualdad, riesgo y silencios. Desde ahí es que se vuelve urgente abordar el derecho a la ciudad.


El derecho a la ciudad implica mucho más que acceso físico a servicios o infraestructura: significa el derecho a construir, usar y transformar los espacios a partir de quienes los habitan. Para las mujeres, este derecho está profundamente condicionado por violencias estructurales y cotidianas: la falta de iluminación, el acoso callejero, el miedo al transporte nocturno, la precarización del trabajo de cuidados, la falta de conciliación entre cuidados y profesión, o la fragmentación del tiempo que impone la logística urbana. La ciudad es un escenario donde se despliegan nuestras vidas, un espacio que las posibilita o las limita.


Las ciudades no son neutrales. Los espacios se cargan de significados, de restricciones y de permisos. Para muchas mujeres, caminar un trayecto implica anticipar riesgos, modificar la ruta, acelerar el paso, desarrollar estrategias de autoprotección; y en el caso de ser madres, a menudo las ciudades se vuelven sitios intransitables por la falta de diseño y equipamiento para el uso de carriolas, espacios verdes para el juego o sitios seguros para lactar. Así, la ciudad, ese espacio abierto para experimentar una ciudadanía plena, acaba convirtiéndose en un mapa lleno de advertencias y señales de “no paso”.


Hablar de ciudades seguras no se circunscribe a la presencia vigilante de policías o cámaras de vigilancia: es hablar de ciudades del cuidado. Ciudades que entienden que el trabajo doméstico y de cuidados, que históricamente ha sido asignado a las mujeres, condiciona horarios, rutas, accesos y posibilidades. Ciudades donde las escuelas, centros de salud, transporte público y servicios básicos no estén distribuidos de manera caótica, obligando a trayectos ineficientes que consumen horas y energía. Una ciudad del cuidado reconoce que la vida no se sostiene sola, y que planear desde la lógica del bienestar común es una decisión profundamente política.


Si bien las ciudades son el reflejo de desigualdades estructurales, también pueden convertirse en el terreno propicio para construir alternativas, resistencias y transformaciones. Por eso, la visión de las mujeres puede redefinir, desde una perspectiva geopolítica, quién tiene derecho a aparecer, a estar, a circular, a existir sin miedo.


Una ciudad para la vida es una ciudad libre de violencias en todas sus formas: desde las físicas hasta las simbólicas. Implica erradicar el acoso, y también desmontar los discursos que regulan la presencia de las mujeres en determinados espacios o temporalidades; no es posible que en tiempos actuales, cuando a las mujeres se les reconocen más derechos y libertades, tengan que temer de la calle cuando es de noche, del transporte saturado, de los barrios “prohibidos”.


Subrayo la importancia de que las mujeres participen en la visión urbana de una ciudad y en la toma de decisiones respecto a ella: en la planeación territorial, en la movilidad, en los presupuestos participativos, en la arquitectura, en el diseño de políticas de cuidado. Reivindicar el derecho a la ciudad implica vivir sin miedo, habitar plenamente el espacio público, imaginar un futuro colectivo donde la seguridad no sea un privilegio.


En el marco del 25N, recordar que la ciudad es un tejido vivo nos permite imaginarla como un espacio que también puede proteger, acompañar y sostener. Una ciudad diseñada desde el cuidado, desde la seguridad y desde la igualdad no es una utopía, sino una urgencia democrática y de justicia social.

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